Una de las cosas que más me gusta de hacer pan (y de cocinar en general) es ponerme a experimentar con ingredientes que tengo en casa, y que tal vez necesiten gastarse ya para evitar que se pongan malos. Puede ser un kéfir que ya lleva unos cuantos días en el frigo, una botella de sidra asturiana que ya no se puede beber, o incluso un culín de Coca-Cola que se ha quedado sin gas.

Pero en este caso se trata de lo que queda de una bolsa de espinacas después de hacer una ensalada.

Como receta base utilicé una de pan de espinacas del libro Bröd, de Jan Hedh, con la diferencia de que él usa 500 g de espinacas cocidas congeladas (que es como se venden en Suecia), mientras las mías eran frescas y mucho menos cantidad. Al fin y al cabo, en mi caso se trataba de deshacerme de sobras. Para compensar añadí más agua a la masa. Además siguiendo mi costumbre no he utilizado nada de levadura química, sustituyendo la de la receta original por masa madre y horas de reposo.

Día 1 (noche): Prefermento

Mezclar todo bien hasta tener una masa elástica y dejar en un bol tapado en el frigo durante la noche. Si no ha crecido bien por la mañana, dejarla a temperatura ambiente una hora o dos antes de continuar.

Día 2 (mañana)

  • la masa de ayer
  • 112 g espinacas frescas finamente picadas
  • 500 g de agua
  • 650 g de harina de fuerza
  • 150 g de harina de espelta
  • una pizca de nuez moscada
  • 50 g aceite oliva
  • 15 g sal
  • dos dientes de ajo (9 g)

Mezclar en amasadora la masa de ayer, los espinacas, el agua, la harina y la nuez moscada durante unos 3 minutos a velocidad baja. Añadir el aceite y seguir amasando otros 8 minutos a velocidad baja. Luego añadir la sal y amasar unos 7 minutos más a velocidad algo más alta. Añadir el ajo – machacado – el último minuto.

Colocar la masa (bastante pegajosa) en un recipiente de plástico untado con aceite. Dejar reposar hasta que doble su tamaño (unas 3 horas y pico en mi caso, y en mi casa hace mucho calor). Plegar la masa unas veces durante el reposo.

Colocar la masa en la mesa de amasar, dividirla en tres y formar bolas. Colocar las bolas cada una en un papel de horno, espolvorear un poco de harina encima y dejar reposar bajo trapo hasta que doblen su tamaño (hora y pico). Greñar y hornear. Empezar a 250º, vaporizar el horno (yo echo tres cubitos de hielo en un recipiente que tengo al fondo del horno). Después de 10 minutos, bajar la temperatura a unos 200º, abrir la puerta del horno para quitar el vapor que quede, y luego hornear hasta que tengan una temperatura interior de 96º.

El resultado ha sido un pan con una miga bastante húmeda (sobre todo gracias al aceite, me imagino) y con un tono amarillo-verde que da la espinaca, a pesar de su poca cantidad. Tambien se nota ligeramente su sabor, pero lo que destaca es el toque que da el ajo. No toma demasiado protagonismo, sino que deja un saborcito muy agradable que combina perfectamente con un queso sabroso, pavo, jamón ibérico – los tres comprobados – y seguro que también hace buen maridaje con un salmón ahumado, unas sardinas en tomate, lo que sea…

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